viernes, 20 de junio de 2014

Desde el tiempo


Graciela Spector-Bitan

Con paso lento, atravesando la bruma ácida del tiempo, me llega tu recuerdo. Mañanas grises, tu piloto finito y el olor a naranjas de tus manos suaves.
Abuelo. Te nombro y los labios me dibujan la sonrisa que creo que siempre tenía en la cara al mirarte. Eras como un sol, redondo, grande, y el cielo alrededor tuyo tenía el azul impertérrito de tu brillo. Y hasta los días nublados parecían alegres. Nada podía pasarme entonces. Estabas.
A veces me contabas historias tristes de tu infancia. La gente comía a puñados. Claro, me decías,  los chicos tenían manos chiquitas...
Cómo querías que yo entendiera, abuelo, si tus grandes manos proveedoras saciaron necesidades y caprichos,  cada día de mi vida hasta tu muerte.
Yo adivinaba tristezas, porque veía un relámpago de dolor cruzar tus ojos mansos. Pero nada más que un esbozo de comprensión se filtraba trabajosamente a través de mi conciencia. 
Por eso no te gustaba el campo. Y a pesar de que a veces íbamos a la quinta de Galván, y tengo algunos lejanos recuerdos de olor a pasto y tu sonrisa, y me contaron que allí di mis primeros pasos, sé que  preferías el paisaje ciudadano, testigo de tu esfuerzo y de tu éxito. Eras un hombre de la ciudad.
Siempre de traje, con las camisas prolijamente planchadas, siempre impecable. Y adentro de la casa, en pijama. Bajo la presión agobiante del calor rosarino, te recuerdo tomando mate con el torso desnudo. Pero claro, durante la comida, siempre tenías puesto el saco del pijama. En tu casa había que respetar a la gente. Por eso nunca nadie se sentó a la mesa sin camisa. Por eso se comía siempre a la misma hora. Y nadie llegaba tarde. 
Me esfuerzo por recordarte enojado. En dos o tres ocasiones durante los treinta y cuatro años que habitaste mi vida, te vi enojado. Nunca te oí gritar. Nunca.
¡Ah, sí! Hablando por teléfono con los agentes marítimos de Corrientes, o de Buenos Aires. Antes del cable coaxil, había que gritar para que a uno lo escucharan! ¡Mirá qué vieja que soy! Mis hijas no van a entender de qué estoy hablando...
Ahí se escuchaba tu voz, que se afinaba en el grito, y parecía que te quedarías sin voz para toda la eternidad. 
Pero no. Colgabas el teléfono, y si yo estaba sentada en la mesa, mirándote, me regalabas tu sonrisa de dientes pequeños y parejos.
 ¡Cómo me gustaba mirarte, abuelo!
¡Por eso me acuerdo tanto! Era un placer tan grande mirar tu hermosa cara, contemplarte cuando estabas concentrado leyendo el diario, o escribiendo en el imponente escritorio de caoba. Recuerdo que me quedaba largo rato, apoyando mi cuerpo pequeño contra la pared de la antecámara, para que no me descubrieras. Pero nunca pasaba demasiado tiempo hasta que me dijeras que por qué no entraba, que qué estaba haciendo ahí parada, si mi abuelo quería darme un beso.
A veces me llevabas al puerto. Y yo subía a la montaña de arena, que me parecía gigantesca desde la mínima estatura de mis cuatro o cinco años, y me deslizaba riendo hasta tus brazos, que nunca dejaron de atajar mi caída.
Otras veces íbamos a visitar a tus hermanas, las tías viejitas de mi infancia. Elisa estaba ciega, y le llevabas olorosas naranjas y té perfumado de esencias lejanas.Te sentabas, charlabas con ella, mirándome de vez en cuando para detectar el comienzo de mi aburrimiento, y cuando yo daba señales de cansancio, te levantabas riéndote, la besabas en la mejilla con un beso con ruido, me dabas la mano y nos íbamos.
También visitábamos a la tía Teresa, pequeñita,  arrugada y sin dientes. Toda dulzura y bondad. Sabés, muchos años más tarde descubrí una foto de la tía Teresa, joven y hermosa, y me costó un buen rato convencerme de que alguna vez ésa había sido la tía Teresa. Eso pasó hace muchísimo tiempo, antes de que comprendiera esto de que la gente joven se vuelve vieja. ¡Seguramente en esa época yo creía con toda el alma que el mundo estaba dividido en viejos y jóvenes, que pertenecían a dos razas distintas!
Y vos eras joven. También cuando fuiste madurando, y te encorvaste levemente, y tu pelo fue haciéndose cada vez más ralo, a pesar de que siempre mantuvo - o así me lo parece - su color castaño oscuro. Cuando empezaste a demorarte al subir las escaleras, cantando, con la bolsa de cebollas y de papas. 
El jugo de naranjas. Y esa vez que subiste los nueve pisos de mi casa, durante un corte de luz, cuando yo ya estaba casada y mis hijas eran pequeñas. Sólo al día siguiente la sirvienta me contó que habías golpeado a la puerta, llevando una vela en la mano, habías entrado al dormitorio en el que las tres dormíamos, habías sonreído quietamente y te habías ido.
Al día siguiente, cuando te pregunté, sorprendida y admirada, por qué  habías hecho tal esfuerzo, me diste la consabida respuesta: ¿para qué estoy yo, sino para cuidarte?
¡Oh, abuelo, abuelo querido! ¿Adónde estás cuando esta realidad candente me llena el alma de miedo? ¿Adónde buscarte cuando la soledad me anuda la garganta? ¿En qué nube estás sentado escuchando conciertos de violín, abuelo querido?Si pudiera verte, aunque sea un ratito... Si pudiera sentarme a mirarte, quieta, sin molestarte, con el cuerpo pegado a la pared, como entonces...
Si pudiera respirar la ternura de tu sonrisa, empaparme de tu mirada, siento que podría seguir este camino a veces tan áspero, con tanta piedra filosa. Pero este mundo se ha vaciado para siempre de vos, y a veces me cuesta respirar el aire candente de Jerusalem, y extraño la melodía acuática del río, y hasta la humedad que goteaba de las paredes de la escalera, y la frescura de los escalones de mármol a la hora de la siesta.

Cuando todavía estabas...