martes, 1 de julio de 2014

Rosendo


Carmen Sanjurjo

El abuelo Rosendo llegó a La Coruña, desde su León natal y una estancia de tres años en Lleida, en 1935. Se mataba a trabajar en la estación de tren desde las seis de la mañana. Por las tardes, con el permiso de sus jefes y después de terminar su horario en la oficina -aunque oficialmente era el portero de la estación-, comer en casa, echarse la siesta y una partidita de cartas o dominó en un café del barrio, cargaba las maletas de los viajeros del expreso de Madrid a cambio de una propina. Siempre supo ganarse la vida y... disfrutarla.

Era físicamente fuerte, de baja estatura, espalda ancha y grandes manos, como sus pies. Sanguíneo y apasionado, tenía mala leche y buen corazón. Sus enfados duraban lo que las cuatro voces que acompañaban su arrebato. No aprendió a controlarlos y eso nos regalaba unas risas cada vez que se indignaba. A él también, porque acababa riéndose. Como también lo hacía cuando mi hermano Raúl y yo, gracias a nuestro talento lírico, le cantábamos: Rosendo, ¿qué estás haciendooo?

Tenía una habilidad que nos divertía muchísimo: a petición de sus nietos, movía una oreja. Nunca logré, ni remotamente, imitar tal proeza y, ahora, al recordarlo, he vuelto a intentarlo y sólo he conseguido arrugar la nariz.

Se pirraba por el dulce y mi abuela, que a lo largo de su vida incorporó pocas palabras en gallego a su castellano de Madrid, decía que era un larpeiro. Nunca he visto a nadie comer un dulce con más placer que a mi abuelo. Un concienzudo placer que ejecutaba minuciosamente cuando devoraba un cestillo de nata coronada con una guinda. Se zampaba la guinda para luego libar, a lengüetadas, toda la nata dejando el cuenco de pasta, como él decía cuando limpiaba las ventanas, como la patena. La patena también se la embuchaba.

Era sordo desde los 29 años. De pronto se sintió mal y su oído izquierdo comenzó a excretar pus; un médico, con sólo oler un algodón empapado de supuración, determinó la urgencia de una intervención quirúrgica que únicamente podía realizarse en Madrid y que le salvaría la vida a mi abuelo. No sé cómo, en el año 1935, se pusieron en marcha familiares de una y otra ciudad para organizar el viaje y la estancia en Madrid; mi bisabuela, que vivía a medio camino, en León, también participó en la logística. El abuelo regresó a La Coruña con una sordera crónica y un hoyito tras la oreja izquierda resultado de lo que en casa siempre se llamó, como si fuera un ente con vida propia, “la trepanación”.

Escuchaba las noticas con el gesto habitual de los sordos: girando un poco la cabeza para acercar el oído sano a la radio. No entiendo muy bien por qué si todos estábamos en silencio absoluto cuando transmitían el “parte”. Frecuentemente, cuando parecía que estaba absorto leyendo o viendo la tele, intervenía en una conversación que se estaba manteniendo en voz baja. Tal vez sería porque, como dećia la abuela: no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Me pedía que le rascara la espalda dándome precisas instrucciones: yo pasaba la mano por su espalda y, cuando tocaba el punto elegido, me decía: ahí, ahí; y ahí le rascaba hasta que me indicaba que continuara mi recorrido. Su espalda era grande y los ahí, ahí, numerosos. Me hacía feliz ver a mi abuelo relajado como un gato ronroneante y pensar en que mi dicha se vería aumentada cuando me diera un dinerito por los favores prestados. Rascar la espalda de mi abuelo me gustaba, pero tampoco le hacía ascos a disponer de mi dinero para comprarme caramelos o tebeos.
Cuando tenía veinte años y me fui a trabajar fuera, a mil cien kilómetros de mi abuelo, dos meses de verano, entré en una tienda de objetos de cerámica y madera donde vi un rascador que me transportó a las sesiones con el abuelo. Le compré el rascador y no sé si alguna vez lo usó. Hoy lo tengo en mi escritorio, sobresaliendo entre los lápices que descansan en un vaso de barro, y cada vez que lo paso por mi espalda, pienso en mi abuelo.

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