Carmen Sanjurjo
El
abuelo Rosendo llegó a La Coruña, desde su León natal y una
estancia de tres años en Lleida, en 1935. Se mataba a trabajar en la
estación de tren desde las seis de la mañana. Por las tardes, con
el permiso de sus jefes y después
de terminar su horario en
la oficina -aunque oficialmente era el portero de la estación-,
comer en casa, echarse
la siesta y una partidita de cartas o dominó en un café del barrio,
cargaba las
maletas de los viajeros del expreso de Madrid a cambio de una
propina. Siempre supo ganarse la vida y... disfrutarla.
Era
físicamente fuerte, de baja estatura, espalda ancha y grandes manos,
como sus pies. Sanguíneo y apasionado, tenía mala leche y buen
corazón. Sus enfados duraban lo que las cuatro voces que acompañaban
su arrebato. No aprendió a controlarlos y eso nos regalaba unas
risas cada vez que se indignaba. A él también, porque acababa
riéndose. Como también lo hacía cuando mi hermano Raúl y yo,
gracias a nuestro talento lírico, le cantábamos: Rosendo, ¿qué
estás haciendooo?
Tenía
una habilidad que nos divertía muchísimo: a petición de sus
nietos, movía una oreja. Nunca logré, ni remotamente, imitar tal
proeza y, ahora, al recordarlo, he vuelto a intentarlo y sólo he
conseguido arrugar la nariz.
Se
pirraba por el dulce y mi abuela, que a lo largo de su vida incorporó
pocas palabras en gallego a su castellano de Madrid, decía que era
un larpeiro. Nunca he visto a nadie comer un dulce con más placer
que a mi abuelo. Un concienzudo placer que ejecutaba minuciosamente
cuando devoraba un cestillo de nata coronada con una guinda. Se
zampaba la guinda para luego libar, a lengüetadas, toda la nata
dejando el cuenco de pasta, como él decía cuando limpiaba las
ventanas, como la patena. La patena también se la embuchaba.
Era
sordo desde los 29 años. De pronto se sintió mal y su oído
izquierdo comenzó a excretar pus; un médico, con sólo oler un
algodón empapado de supuración, determinó la urgencia de
una intervención quirúrgica que únicamente podía realizarse en
Madrid y que le salvaría la vida a mi abuelo. No sé cómo, en el
año 1935, se pusieron en marcha familiares de una y otra ciudad para
organizar el viaje y la estancia en Madrid; mi bisabuela, que vivía
a medio camino, en León, también participó en la logística. El
abuelo regresó a La Coruña con una sordera crónica y un hoyito
tras la oreja izquierda resultado de lo que en casa siempre se llamó,
como si fuera un ente con vida propia, “la trepanación”.
Escuchaba
las noticas con el gesto habitual de los sordos: girando un poco la
cabeza para acercar el oído sano a la radio. No entiendo muy bien
por qué si todos estábamos en silencio absoluto cuando transmitían
el “parte”. Frecuentemente, cuando parecía que estaba absorto
leyendo o viendo la tele, intervenía en una conversación que se
estaba manteniendo en voz baja. Tal vez sería porque, como dećia la
abuela: no hay peor sordo que el que no quiere oír.
Me
pedía que le rascara la espalda dándome precisas instrucciones: yo
pasaba la mano por su espalda y, cuando tocaba el punto elegido, me
decía: ahí, ahí; y ahí le rascaba hasta que me indicaba que
continuara mi recorrido. Su espalda era grande y los ahí, ahí,
numerosos. Me hacía feliz ver a mi abuelo relajado como un gato
ronroneante y pensar en que mi dicha se vería aumentada cuando me
diera un dinerito por los favores prestados. Rascar la espalda de mi
abuelo me gustaba, pero tampoco le hacía ascos a disponer de mi
dinero para comprarme caramelos o tebeos.
Cuando
tenía veinte años y me fui a trabajar fuera, a mil cien kilómetros
de mi abuelo, dos meses de verano, entré en una tienda de objetos de
cerámica y madera donde vi un rascador que me transportó a las
sesiones con el abuelo. Le compré el rascador y no sé si alguna vez
lo usó. Hoy lo tengo en mi escritorio, sobresaliendo entre los
lápices que descansan en un vaso de barro, y cada vez que lo paso
por mi espalda, pienso en mi abuelo.

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